“La verdad sobre la Sábana Santa”

Nicolás Dietl
· Miembro del Centro Español de Sindonología
· Experto en reliquias

📆 14 de Marzo
⌚ 20:20h Cena 21h Tertulia
📍 C/Marbella 60,  28034, Madrid

“Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él vio y creyó.”(Jn. 20, 6-8)

Decir que es el objeto más estudiado en la historia apenas basta para denotar la importancia de la Síndone de Turín. Pasada de mano en mano durante siglos, desde Tierra Santa hasta las arcas de los duques de Saboya, el Santo Sudario es quizá el vestigio más controversial de la fe cristiana. Con el fin de esclarecer el verdadero significado de la Síndone, Nicolás Dietl, físico y miembro del Centro Español de Sindología, nos ha hecho un recuento de la travesía, los hallazgos y las particularidades de la misma.

Conforme pasan las diapositivas, el rostro que vemos en las imágenes de la Sábana – y aún con mayor nitidez en sus negativos – nos es más que conocido: rostro barbado, cabellos largos, facciones serenas. Enmarcada por las marcas de un incendio en 1532, la figura de cuerpo entero teñida en el lienzo no puede sino generar admiración… e incomodidad.

Por todas partes vemos signos de laceración: las piernas, el torso, la espalda. En la cabeza, 50 hendiduras sangrantes. En los brazos, bajo las muñecas, sendos hilos rojizos que suben hacia los codos, señal inconfundible del más cruento de los castigos: la crucifixión.

“La crucifixión,” nos explica Dietl, “es el único instrumento de tortura en que el condenado regula el ritmo al que muere.” Incapaz de respirar por la tensión en los brazos, el crucificado debe dejarse caer sobre sus piernas e inhalar impulsándose hacia arriba con los antebrazos perforados, una y otra vez hasta no poder más, en un ejercicio de agonía que hiela la sangre de sólo imaginar.

Es difícil no conmoverse ante un testimonio así. Más allá del informe forense, de las especulaciones y cálculos matemáticos, lo que presenciamos es la crónica de una muerte estremecedora. “El castigo que vemos,” dice Dietl, “es una excepción del derecho romano. La crucifixión y la flagelación son sentencias excluyentes. Este hombre, en cambio, ha recibido 120 azotes antes de cargar la cruz.”

Los signos son contundentes: las heridas de las espinas, los clavos, el corte post mortem bañado en suero en el costado. Llegamos finalmente a la pregunta que de un tiempo acá rompe en nuestra garganta: ¿aquel al que estamos viendo será en verdad Jesús?

La Iglesia Católica nunca ha aceptado o negado la veracidad de la Sábana Santa. Sin embargo, el que los últimos tres papas hayan tenido ocasión de postrarse ante ella nos muestra que no se trata de cualquier reliquia. Sobre el misterio que la rodea, Nicolás es tajante: “a pesar de lo que los medios quieran hacer creer, al día de hoy nadie ha podido explicar cómo se ha formado la impronta.”

Se trate o no del manto que cubriera al Hijo de Dios, la historia que nos cuenta el Sudario no deja de ser motivo de profunda reflexión. Ya inmersos en tiempo de cuaresma, tiempo de oración y meditación sobre lo que profesamos cada día en nuestro credo, el tener ante nosotros un espejo del sacrificio que hiciera Dios por absolvernos de nuestras culpas es una fuerza renovadora para arrojar luz en nuestra fe. Luz para que, como San Juan, nosotros también podamos “ver y creer”.

Autor: Ricardo Sebastián Nieto
Ingeniero Físico Industrial

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