Deja de nadar y piensa
Sesión del programa de excelencia personal de la Residencia Universitaria.

A pesar de que la violencia es algo que se sacó de las aulas desde hace décadas, lo que Miguel Ángel ha hecho en la pasada sesión de PEP, del lunes 18 de noviembre, fue asestarnos un buen golpe. No un golpe belicoso, ni mucho menos, sino que más bien, iba cargado de buenas intenciones, pero que no por ello nos deja de doler. Como esa colleja que a todos nos ha tenido que dar alguna vez nuestro padre para que nos tranquilicemos y paremos esa vorágine de apetitos y alaridos que es la infancia. Todos tenemos la suficiente memoria como para confirmar lo que nos dolió, pero también para conservar grabado en la memoria el valioso consejo que nos dejó un día la palma de nuestro padre.

Pero, para nuestra desgracia -y para su gloria, pues no tendrán que aguantarnos por siempre-, ellos no estarán siempre ahí para darnos esas collejas que necesitaremos prácticamente a diario, especialmente en nuestra vida adulta. Por eso, Miguel Ángel se ha asegurado de dárnosla él a nosotros para que, en un futuro seamos nosotros las que nos la demos a diario.

Pero no hay que malinterpretar mis palabras: con esto, no se está haciendo ninguna apología de la autolesión, sino, más bien, de la autocorrección. Al igual que tampoco se nos está dando un castigo físico, sino más bien un premio. Un premio, llamémoslo psicológico, que va más allá de todo dogma o religión y que, por tanto, puede aplicarse a cualquier persona.

La lección en cuestión se basa en la historia narrada por David Foster Wallace, en la que dos peces jóvenes, nadando por el océano, se cruzan con un pez anciano y este les saluda: «¡Hola, chicos! ¿Qué tal está el agua hoy?». Ellos, sin contestar, siguieron nadando unos metros hasta que uno de ellos le preguntó al otro «¿Qué es el agua?».

Autor: Gonzalo Rodríguez

Esta fábula no debería sorprendernos, ya que encierra la historia de todos los seres humanos, que, al pasar mucho tiempo bajo ciertas condiciones, acaba adaptándose a ellas. Pero se adapta hasta tal punto que prácticamente se olvida de ellas. Y eso es lo que les pasa a muchos en la vida adulta: llevan una vida estresante y acelerada, sin ninguna tregua ni descanso. Así, no acabamos fijándonos en nuestro entorno, centrándonos en nosotros mismos y en nuestras necesidades inmediatas. Esta actitud necesariamente nos lleva a pensar que lo normal es que el mundo se comporte tal y como queramos, y que prejuzguemos a todo aquel que nos da una mala impresión. Esto lo hacemos sin pararnos a pensar en qué hay detrás de la persona, cual esa historia, que puede que sea mucho más dura que la mía, que le haya llevado a estar donde está ahora. Así, al igual que los peces no saben que están rodeados de agua, nosotros tampoco conocemos nuestro entorno, ni mucho menos en nuestros iguales.

Es necesario que nos paremos, que, para revertir eso, nos paremos, que pensemos y nos replanteemos cómo debemos pensar y a qué debemos prestar atención. Este cambio de lo que Wallace llama configuración por defecto, no solo nos ayudará en nuestras relaciones interpersonales, al ver a las personas tal y como son, con sus particularidades y sus problemas; sino que también nos ayudará a un nivel mucho más profundo y personal, ya que comenzaremos a ver el día a día de una forma completamente distinta, mucho más profunda y contemplativa.

Por eso, Miguel Ángel nos anima a hacer lo que debieron haber hecho los peces: dejar de nadar y pensar, para así tener un trayecto mucho más apacible.

Pablo Cortina

Autor: Pablo Cortina
Veterano del Colegio Mayor

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MIGUEL ÁNGEL SÁNCHEZ DE LA NIETA
Doctor en periodismo

📆 18 de Noviembre
🕒 21:45h
🏡 C/Marbella 60, 28034, Madrid

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